2/1/17
Creo que las almas son de colores.
Las que son de luz pueden nublarse pero nunca se rompen; las de piedra sienten la lluvia y cada gota de tristeza las cubre con nuevas armaduras de musgo; las de metal se doblan sin importar quien las roce; y, hay otras hechas de algodón, suaves y perecederas, se enmarañan hasta formar una nueva tela con su vieja esencia.
Estas últimas parecen guardar solo ternura y amabilidad, como si nunca las hubiesen dañado pero con varias cicatrices vistas entre luces de pequeñas lámparas.
Las almas de algodón se empeñan en escoger únicamente a los corazones de acero y hojalata. Esos que parecen insensibles y tercos pero que esconden siluetas y sensaciones desdeñadas.
El algodón se quebró la primera vez que abusaron de su cariño. Destrozaron sus costuras para crear un ovillo de desamor. Sin embargo, no escogió la venganza, ni siquiera eligió el rencor. Empezó a tejer sus pedazos con estampado de heridas y mentira, no esperó a que primero cicatrizase su vida.
Comenzó por curar a los que no la convenían o al menos a intentar admirar la luz que desprendía su risa. Porque en toda maldad hay un halo de delicadeza poco reconocida. Después, se dio cuenta de que las flores de la inocencia se secaban y las regó con ilusiones, nuevamente mal paradas.
Así que, si veis una mirada de niño en los ojos de un adulto, recordad que su herida aún desprende llamas pero ayudando sana ese alma de algodón aunque cubierta de hojalata.
No hay comentarios:
Publicar un comentario